MARTHA, CAZADORA DE EMOCIONES

El trabajo que ahora expone Martha Toral, plasmando rostros y máscaras, permite al espectador, que las disfruta, desde la fantasía, dialogar con estos rostros y máscaras.

Un dialogo que se puede hacer a través de la mirada arquetípica, en donde se reconoce a la máscara como una herramienta de dos filos: útil y en ocasiones peligrosa.

La máscara como acompañante del hombre desde que éste tiene conciencia de su vínculo afectivo con el ambiente y que remontándose a la antigüedad, la máscara, símbolo artístico-arquetípico, se manifiesta desde el paleolítico hasta nuestros días, en la mayoría de las culturas de todo el mundo.

Es un elemento que ayuda a trastocar la identidad, y la apariencia que a lo largo del desarrollo humano ha estado presente.

° Ceremonias religiosas en infinidad de ritos, tomando forma de deidad

° Seres mitológicos, en forma de monstruos, dragones o híbridos, en donde el hombre es capaz de fusionarse armónicamente con toda manifestación del universo: animales – jaguar, águila, serpiente- fuerzas naturales como lluvia o el rayo, Astros, sobresaliendo el sol y la luna,. Incluso sólo adornado con flores o cubierto con las semillas que le permitían vivir.

° Espíritus benignos o malignos- adherida al rostro del sacerdote.

° Escudo de defensa en las guerras.

° Amuleto en las enfermedades, para protegerse o curarse de ellas

° Las fiestas para jugar, sorprender y divertirse

° El teatro, en diferentes tiempos y culturas, siendo más significativa para nosotros la de los griegos y los romanos, en donde se le da el nombre de “persona” a la máscara

Dialogando desde la psicología, se puede recordar y afirmar, que se usa una o más máscaras adheridas al rostro para que las personas puedan sentirse bien o por lo menos adaptadas.

Cuando las personas en sus vivencias, no saben qué hacer o no se permiten sentir, adoptan una máscara que transforma su rostro, permite ser,” más congruente” con su contexto. Así, desde la psicología, el sí mismo o el yo, pierde contacto con las facciones de su rostro, hasta ser incapaz de reconocerse, de sentir e incluso de contactar con los otros rostros, o con las otras máscaras.

Martha proporciona en su obra rostros y máscaras, la apariencia en oposición a la esencia del ser.

Máscara y Rostro en unidad para resaltar distinción y dignidad, como lo falso, lo simulado, la apariencia, además de lo real, lo interior que se convierte en lo íntimo, en lo esencial, en vida, en un todo integrado.

En sus rostros y máscaras, a Martha se le puede percibir desde la plástica, como una cazadora de emociones, realizando el producto complejo que implica lo fisiológico, lo social y lo psicológico, en situaciones polifacéticas.

Captando la gran intensidad de emociones, como la cólera, resultado de una probable frustración o de un conflicto, que actualmente parece ser un quehacer cotidiano en nuestras vidas; el temor como reacción ante la llegada rápida e inesperada de una situación que perturba nuestras costumbres; la tristeza con el gran desaliento, a la falta de llegada de la esperanza y por otro lado la presencia de emociones liberadoras de tensiones y excitaciones, como el gozo, el júbilo y el amor.

Estos rostros-máscaras también son depositarios, les proyectamos lo que no aceptamos, la sombra que nos persigue, lo que nos hace daño, lo que no aceptamos ser que somos.

La psicología recomienda que lo ideal o deseable es ser uno mismo, genuino, auténtico, asumiendo las sensaciones que me llevan a la ira, al miedo, o a la euforia, emociones que la cultura nos enseña a esconder, en la mayoría de los casos, mediante el castigo de la burla u otro tipo de agresión, recurriendo como única salida, escoger, en una toma de decisión inconsciente: la máscara que mejor salva y protege.

La máscara al igual que al papel del espectador da la posibilidad de estar fuera de sí mismo, despersonalizarse, crear una mentalidad, una personalidad y una sensibilidad totalmente distinta, reprimir emociones y depositarlas ahí afuera, sólo viendo y reconociendo, donde se plasma lo que se siente, donde parece que no se sufre, donde se puede reír sin perder el control porque se descompone la máscara, donde se está seguro porque quien hace el ridículo y pierde en la tristeza es la máscara, donde el reflejo del espejo no alcanza y nos rebasa y nos atrapa afuera, en la seguridad que sólo permite mirar.

Las máscaras, como dice Pessoa, se miran sabiéndose máscaras, usan un mirar que no les pertenece pero que, sin embargo permite ser y estar.

Pero, aunque nuestra máscara nos domine o nos someta con una mueca o un gesto en el rostro, que veladamente nos delata, sintiéndonos infieles, nuestra naturaleza protesta, y con una rabia que nos corroe, por instantes deseamos ser uno mismo. Sin embargo con máscara o sin ella, también somos los otros, somos multitud.

Así, se puede reconocer las bondades de las máscaras que nos lleva a los rostros auténticos, que nos permite integrarnos en la gran diversidad de polaridades que somos.

En este ejercicio humano y con el ser humano, Martha presenta a las máscaras en un amplio espectro de emociones con sus muchas funciones: esconder, proteger, liberar, transformar, disfrazar, actuar e impartir poder. Además estos rostros-máscaras auténticas, sí sienten, pues lloran, se angustian, se abrazan, gritan, son felices, a veces parece que hasta se avergüenzan y no por lo que sienten pues se presentan orgullosas y dignas como la naturaleza humana, actuando con soltura y seguridad.

Ana Bertha Salazar Villanueva
Psicóloga-terapeuta